Archivos para marzo, 2016

¿Hombre o Muppet?

Publicado: marzo 20, 2016 5:44 pm en Crónicas

12443413_10153902346483190_1373917290_oAño tras año he notado que con la pérdida de la niñez viene la pérdida de la libertad. Es paradójico y absurdo, con la edad he conseguido un empleo, un salario, una licencia de conducir, pero entre más tiempo dejo pasar, veo más limitadas mis opciones. Universidad. Carrera premédica. Investigaciones. Parkinson’s. Trabajo de oficina. Gasolina. Taurina.  Brunch.

Adquirí una rutina, una de esas cosas raras y aburridas de las que tanto rezongué durante la secundaria y de las que me juré nunca adquiriría en preparatoria.  Y así, mientras me ha ido consumiendo un estilo de vida sedentario, lo que me esforcé por poseer me ha convertido en su marioneta de mano. Me desvelo por estudiar, estudio por una carrera, carrera que persigo por un estilo de vida, estilo de vida que desaprovecho tratando de mantenerme despierto después de las 3 de la mañana. Trabajo para comprar una mejor televisión, para sentarme a ver películas que sirvan de terapia para el estrés y la fatiga causada por el trabajo, trabajo que succiona de tal manera mi creatividad que me fusilé la mitad de éste texto de Fight Club. Todo se volvió circular, repetitivo, tedioso; juraba que algún día vivir así me enfermaría, hasta que un día así fue…

Una mañana, tras de un sueño tranquilo auspiciado por un puñado de melatonina en capsula, me encontré sobre mi cama convertido en un monstruo. La espalda suave, la piel aterciopelada y de un color extraño. Al alzar la cabeza, estaba a punto e escurrirme al suelo. Las piernas gelatinosas, los brazos débiles y flojos, y la boca ancha, abriendo y cerrando como caja de alhajero. ¿Qué me pasó?

En mi habitación todo era normal, aunque bastante grande. Me levanté de la cama más descansado que nunca. Al notar lo tarde que era, tomó un número musical salir de la ducha, vestirme y desayunar. La calle era un flash mob neoyorquino, las paredes de la oficina eran de color pastel, y a pesar del silencio, no paraba de mover la cabeza a ritmo de un ragtime de camión de helado.

Me he convertido en un ser absurdo, una caricatura entre hombres de saco y corbata, como un perro incómodo de ver vestido en ropas de humano. Mis compañeros estaban horrorizados, dudaban que aquella extraña criatura fuera yo y la idea de que mi padecer fuera contagioso les hacía temblar. Un poco Franz Kafka y bastante Walt Disney, me convertí en un ser sin temor, ansiedad, o estrés, carente y despreocupado, sin conocimiento ni interés del futuro y sus malas mañas de repartir sorpresas no solicitadas. En mi pequeño mundo, yo era una estrella.

Tecleé como nunca para terminar temprano las labores (descripción gráfica), pedí permiso al jefe para salir de la oficina; él, sin contestar, se conformó con observarme salir. No había nada que pudiera detenerme, nada que importara más que gozar de mi nueva condición. Podía hacer de mi lo que deseara; podía ser un rockstar, un columnista, un manifestante por los derechos de los ciudadanos verdes. Mi pequeña imagen generaba tanto pavor entre las masas, que nadie se atrevía a detenerme.

Tras un día de sembrar el pánico por doquier, llegué a casa resacado y confundido, idéntico a la noche anterior, quizá un poco más vacío. Existencialista, como el chico que hace meses en éste espacio escribió de los Beatles, agotado como desde hace meses. ¿Soy lo que decidí? ¿Decidí lo que quería? ¿Lo que quería es lo que quiero? ¿Soy un hombre o soy un Muppet?


 

Autores malditos: Fernando Delgadillo

Publicado: marzo 8, 2016 4:22 pm en Uncategorized

delgadilloEse sábado, pasé a recogerla para ir al concierto de Fernando Delgadillo en un festival de trova local y noté algo extraño en ella. Llegando al evento, se vio forzada a confesarme los primeros tintes de infidelidad que brotaban de una relación cercana al colapso. Esa noche el único que colapsó fui yo. ¿Cómo se suponía que iba a disfrutar el concierto esa noche? Fueron horas en el pasto viendo acto tras acto, fingiendo que nada había pasado a pesar de que la música hacía de mi lo que Beethoven hizo con Alex DeLarge en la escena de tortura de la Naranja Mecánica. Esa fue la noche en que murió la trova.

La música bohemia y la trova me acompañaron desde los 14 años cuando recibí mi primera guitarra y sin motivo ni influencia aparente me enamoré de los requintos veloces, la poesía vocalizada y las líricas misteriosas, con significados complicados que a mis pocos años de adolescencia no podía comprender, pero con la edad se han vuelto más claras. Me esforcé por aprender a tocar ‘Ojalá’, canciones de Sabina y hasta covers como los cantados por Nicho Hinojosa; de estas últimas no lamento tanto su muerte. Una era de 5 años de guitarra y cantera había terminado sin previo aviso esa noche.

‘Entre pairos y derivas’ había perdido su significado y no me motivaba Silvio ni Filio.  Sobrevivieron canciones de Sabina, pero sabemos que el buen Joaquín siempre ha sido un pillo renegado del género; para mí es más un ibero-Dylan que un Serrat. Opté por el rock independiente y la música folk en español para lidiar con los síntomas de abstinencia, ahora no sé de cual dependa más.

Años después, conocí al mismo Fernando Delgadillo en el aeropuerto de la Ciudad de México y, todavía medio dormido, logré sacarme una foto con él con los ojos a medio cerrar; sin embargo, la trova no regresó esa noche. Fue hace unos días que, aburrido de tocar las mismas canciones, busqué la letra de una de mis canciones favoritas de la época, ‘Carta a Francia’. Era una canción para los tiempos de añoranza, de vulnerabilidad y necesidad, una canción para almas jóvenes con oídos viejos. Y así fue como resucitó la música de mi adolescencia, con más significado que nunca.

Delgadillo y yo

Porque la canción de la trova no es sólo música para serenatas casuales con letras rápidas y poco comprensibles, pero que suenan muy bonito. Es música de revolución, igualdad y unidad. Se dice que quien a los 30 no es conservador, no tiene cerebro, pero quien a los 20 no es liberal, no tiene corazón. La trova es la música de los corazones jóvenes y rebeldes. ¿Y qué si la revolución cubana no llevó nada? El mensaje de la trova es tan vigente en el siglo XXI como lo era en su época dorada. ¿Y qué si no soy rojo? No necesito ondear banderas con estrellas para comprender y combatir la necesidad humana, ni necesito estar de acuerdo para escuchar y aprender de la lucha constante de Silvio, ni ser un romántico empedernido para cantar a Delgadillo.